domingo, 13 de abril de 2008

Las últimas Promesas







No hay espejos.
No hay lagunas que se disuelvan sobre las vértebras.
Sólo el rastro de la gusanera.
No queda más voz que pueda inaugurarse.

"Luego se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron
a hacer nińerías, besándose y diciéndose estupideces. "
Cumbres Borrascosas, Emily Bromtë

He recordado mis promesas y no quedan más que los recuerdos. El polvo que me siento y lo grande de mi brazo que siempre van hacia adelante. Soberbio, imperecedero. Aún cuando el mundo me aviente su garra, su picotazo nicotina, su desidia irremediable, aún siempre, permaneceré en la negación de mi historia. Sólo me queda el nombre: Adán Echeverría nació de las cactáceas; así, lleno de espinos; su madre, una zarigüeya le dio su leche agria; su padre, zopilote, le enseńó el vuelo de siempre, abandonar los nidos, abandonarse al viento, irse siempre, lejos, lejos de todas las criaturas lindas de existir en rosa.

żQué es lo que han dejado que pudran las tormentas? El verano. El día caluroso y el calor de las literas. Ya no queda armado el segundo piso de la cama. Estirar los pies y tocar el techo, fumar sobre los miles de ombligos en que nos hemos arredrado las caricias y el golpe en la cara. Ya no me queda amor. Ya no me queda ni siquiera la justa venganza. Ya no me importa más que esta desidia de esperar la muerte.

Oh mi gran Satán, mi amigo íntimo. Oh mi Belzebú, mi ser amado.

Cuando vendrá por mí la silente Muerte. Cuando vendrá por mí para arrasarme en su carbunclo. Ya no hay ánimo para dar más aletazos, no queda más delirio para definirse cuchillada. Este mundo de hombres y noticias, este mundo de poemas insulsos, rimbombantes y tan lleno de sentidos de odio. Todo el mundo, roza de los maricones (no hay que ser homosexual para ser un maricón, y eso se sabe), que no quieren vomitarse en su propia tumba.

Dónde esta mi brujo sedicioso. Dónde mi maravilla de aquelarre.
Ella que se raspa las ventanas en busca de otro golpe. Ella que se raspa la vagina preparando su sarna. Ella que se vuelve sólo palabra sin sentido, maniqueo lacerante. Manifiesto de no sentirse en el piso ni en la despedida. Éramos un mundo nuevo, un mundo de terribles agonías que se disfrutaban.

Tantas uńas, tanto viento, tanto fuego entre los labios, tanto espino sembrado en la pupila, y sólo me ha dejado el resfriado absurdo de mi alma.

No hay más que sentir que sentirse ajeno. Sentirse sentimiento malogrado.
Me queda la uńa de acero, el ulular de silencios que siempre me despeinan.

Ha quedado mi cabello, ha quedado mi excremento prendido de esperanza, ahí, en el fantástico verso de una propia disidencia.

Hemos de ser humedad y práctica voluble.

Hay un amorío roto que nunca volverá a reconstruirse. Hay un sentimiento que marca enero como última silueta, y solo es una reconciliación con la misma sarna.

No hay espejos. No hay lagunas que se disuelvan sobre las vértebras. Sólo el rastro de la gusanera. No queda más voz que pueda inaugurarse.

Mi témpano es inmenso.

Terremoto rosa de silenciar el mar. Ahí, dónde se ha quedado mi espinazo, espero a las gaviotas

No hay lagunas que se disuelvan sobre las vértebras.
Sólo el rastro de la gusanera.
No queda más voz que pueda inaugurarse.