Los Sabios de los Árboles

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viernes 28 de noviembre de 2008

Los Sabios de los Árboles



No sin razón los druidas fueron llamados sabios de los árboles. La mentalidad de ellos era muy distinta a la que tenemos en la cultura moderna. Para un druida todas las cosas están interrelacionadas y dependen unas de otras. Uno no puede hacer algo sin que ello tenga repercusión en el todo. La naturaleza es un ser vivo en sí misma, y cada planta, cada animal es parte de ella y debe ser cuidada y respetada. La sociedad moderna usa todo para su beneficio, de manera indiscriminada, causando gran desequilibrio y caos; en la conciencia druídica eso es inconcebible, puesto que lo que importa es la unidad, no el interés individual. No se consideraba la tierra como propiedad del hombre ni a lo seres que la habitaban como inferiores, sino como seres que comparten la vida con uno, que tienen su sitio justo en el mundo y valen por sí mismos, no como un recurso más.



Para los celtas era un crimen dañar un árbol o a un animal. Cuando era necesario por ejemplo usar la madera de un árbol, no se cortaba así sin más sino que implicaba previamente todo un ritual que llevaba a ponerse en comunicación con el espíritu del bosque y del árbol, pedir su permiso para usarla para una causa justa y prometer así mismo retribuir lo tomado de alguna forma.



Un druida era un guardián del bosque en todo momento y su alma estaba en comunicación con todos los seres que lo habitaban. Nosotros, en cambio que nos jactamos tontamente de tener el poderío sobre la naturaleza nos encontramos ahora en un callejón sin salida. Los druidas fueron más sabios, y deberíamos aprender de ellos. El reto es claro: o recuperamos pronto la armonía con la naturaleza o perecemos.



Graciela E. Prepelitchi
"Un error reconocido es una victoria ganada."
(Caroline Gascoine)

Miedo

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jueves 27 de noviembre de 2008

Los beneficios de cantar

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Los beneficios de cantar

El ser humano es un ser social por excelencia, por eso, la capacidad comunicativa no debe ser restringida en lo más mínimo, sino que, por el contrario, se debe fomentar si queremos mantener alegre el corazón y curar algunas enfermedades.

Aunque los efectos benéficos del canto recién comienzan a estudiarse, un número cada vez mayor de médicos afirma que puede ayudar a curar muchos males y los especialistas recomiendan cantar con regularidad.

Gertraud Berka-Schmid, psicoterapeuta y profesora de la Universidad de Música y Arte de Viena, señala que investigaciones recientes indican la necesidad de que el canto sea recomendado, e incluso recetado, por lo médicos.

La especialista critica la privación del canto ejercida por algunos padres y maestros, ya que prohibirles a los niños cantar es privarlos de su capacidad de personificació n, de hacerse persona. Además, se coarta su vitalidad y la posibilidad de vivir la experiencia del sonido.

La psicoterapeuta define cantar como la respiración estructurada que explica el efecto fisiológico de la respiración profunda, abdominal. Al cantar, dicha respiración se mantiene y, según la médica, se convierte en un masaje para el intestino y en un alivio para el corazón.

Dado que esa respiración suministra aire a los pulmones permite impulsar y favorecer la circulación sanguínea, mejorando al mismo tiempo la concentración y memoria.

Al reforzar la actividad de los nervios parasimpáticos, el canto compensa la actividad nerviosa simpática del organismo y proporciona tranquilidad, lo cual es una cura fundamental para los males que se viven hoy en día tan asociados a la vida agitada y el estrés contemporáneo.

También, favoreciendo la relajación se refuerzan las defensas del organismo para que el cuerpo refuerce sus capacidades de autosanación y pueda resolver trastornos de sueño, enfermedades circulatorias y el síndrome "burn out" o "estar quemado".

El canto, además de ser una de las formas más antiguas de expresión del ser humano, permite descargar energías malignas y decirle adiós al estrés que si, por el contrario, quedara contenido en el organismo favorecería el desarrollo de enfermedades.

En mi opinión cualquier actividad artística o recreativa en la cual nosotros podamos mostrar nuestras habilidades y liberar nuestras dotes de artista contribuye favorablemente para la salud. Además constituye una buena forma de alejarnos de los problemas cotidianos y de las presiones habituales.

Gabriela Gottau



El arte y los artistas

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miércoles 26 de noviembre de 2008










El arte y los artistas

En este fragmento de la introducción de la célebre historia del arte de E. H. Gombrich se analiza, con un estilo ameno en clave de divulgación característico de este autor, la relación entre el arte, los artistas y el espectador. La traducción de esta edición es de Rafael Santos Torroella.

Fragmento de La historia del arte.

De Ernst Hans Gombrich.

Introducción.

No existe, realmente, el Arte. Tan sólo hay artistas. Estos eran en otros tiempos hombres que cogían tierra coloreada y dibujaban toscamente las formas de un bisonte sobre las paredes de una cueva; hoy, compran sus colores y trazan carteles para las estaciones del metro. Entre unos y otros han hecho muchas cosas los artistas. No hay ningún mal en llamar arte a todas estas actividades, mientras tengamos en cuenta que tal palabra puede significar muchas cosas distintas, en épocas y lugares diversos, y mientras advirtamos que el Arte, escrita la palabra con A mayúscula, no existe, pues el Arte con A mayúscula tiene por esencia que ser un fantasma y un ídolo. Podéis abrumar a un artista diciéndole que lo que acaba de realizar acaso sea muy bueno a su manera, sólo que no es Arte. Y podéis llenar de confusión a alguien que atesore cuadros, asegurándole que lo que le gustó en ellos no fue precisamente Arte, sino algo distinto.

En verdad, no creo que haya ningún motivo ilícito entre los que puedan hacer que guste una escultura o un cuadro. A alguien le puede complacer un paisaje porque lo asocia a la imagen de su casa, o un retrato porque le recuerda a un amigo. No hay perjuicio en ello. Todos nosotros, cuando vemos un cuadro, nos ponemos a recordar mil cosas que influyen sobre nuestros gustos y aversiones. En tanto que esos recuerdos nos ayuden a gozar de lo que vemos, no tenemos por qué preocuparnos. Unicamente cuando un molesto recuerdo nos obsesiona, cuando instintivamente nos apartamos de una espléndida representación de un paisaje alpino porque aborrecemos el deporte de escalar, es cuando debemos sondearnos para hallar el motivo de nuestra repugnancia, que nos priva de un placer que, de otro modo, habríamos experimentado. Hay causas equivocadas de que no nos guste una obra de arte.

A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Se trata de una preferencia perfectamente comprensible. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y agradecemos a los artistas que lo recojan en sus obras. Esos mismos artistas no nos censurarían por nuestros gustos. Cuando el gran artista flamenco Rubens dibujó a su hijo, estaba orgulloso de sus agradables facciones y deseaba que también nosotros admiráramos al pequeño. Pero esta inclinación a los temas bonitos y atractivos puede convertirse en nociva si nos conduce a rechazar obras que representan asuntos menos agradables. El gran pintor alemán Alberto Durero seguramente dibujó a su madre con tanta devoción y cariño como Rubens a su hijo. Su verista estudio de la vejez y la decrepitud puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él, y sin embargo, si reaccionamos contra esta primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, de pronto descubrimos que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema. No sé si los golfillos que el pintor español Murillo se complacía en pintar eran bellos estrictamente o no, pero tal como fueron pintados por él, poseen desde luego gran encanto. Por otra parte, muchos dirían que resulta ñoño el niño del maravilloso interior holandés de Pieter de Hooch, pero igualmente es un cuadro delicioso.

La confusión proviene de que varían mucho los gustos y criterios acerca de la belleza. Las ilustraciones 5 y 6 son cuadros del siglo XV que representan ángeles tocando el laúd. Muchos preferirán la obra italiana de Melozzo da Forlì, encantadora y sugestiva, a la de su contemporáneo nórdico Hans Memling. A mí me gustan ambas. Puede tardarse un poco más en descubrir la belleza intrínseca del ángel de Memling, pero cuando se lo consiga, la encontraremos infinitamente amable.

Y lo mismo que decimos de la belleza hay que decir de la expresión. En efecto, a menudo es la expresión de un personaje en el cuadro lo que hace que éste nos guste o nos disguste. Algunas personas se sienten atraídas por una expresión cuando pueden comprenderla con facilidad y, por ello, les emociona profundamente. Cuando el pintor italiano del siglo XVII Guido Reni pintó al cabeza del Cristo en la cruz, se propuso, sin duda, que el contemplador encontrase en este rostro la agonía y toda la exaltación de la pasión. En los siglos posteriores, muchos seres humanos han sacado fuerzas y consuelo de una representación semejante del Cristo. El sentimiento que expresa es tan intenso y evidente que pueden hallarse reproducciones de esta obra en sencillas iglesias y apartados lugares donde la gente no tiene idea alguna acerca del Arte. Pero aunque esta intensa expresión sentimental nos impresione, no por ello deberemos desdeñar obras cuya expresión acaso no resulte tan fácil de comprender. El pintor ittaliano del medievo que pintó la crucifixión, seguramente sintió la pasión con tanta sinceridad como Guido Reni, pero para comprender su modo de sentir, tenemos que conocer primeramente su procedimiento. Cuando llegamos a comprender estos diferentes lenguajes, podemos hasta preferir obras de arte cuya expresión es menos notoria que la de la obra de Guido Reni. Del mismo modo que hay quien prefiere a las personas que emplean ademanes y palabras breves, en los que queda algo siempre por adivinar, también hay quien se apasiona por cuadros o esculturas en los que queda algo por descubrir. En los períodos más primitivos, cuando los artistas no eran tan hábiles en representar rostros y actitudes humanas como lo son ahora, lo que con frecuencia resulta más impresionante es ver cómo, a pesar de todo, se esfuerzan en plasmar los sentimientos que quieren transmitir.

Fuente: Gombrich, Ernst Hans. La historia del arte. Madrid: Editorial Debate, 1997.

Arte

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Arte


Actividad que requiere un aprendizaje y puede limitarse a una simple habilidad técnica o ampliarse hasta el punto de englobar la expresión de una visión particular del mundo. El término arte deriva del latín ars, que significa habilidad y hace referencia a la realización de acciones que requieren una especialización, como por ejemplo el arte de la jardinería o el arte de jugar al ajedrez.

Sin embargo, en un sentido más amplio, el concepto hace referencia tanto a la habilidad técnica como al talento creativo en un contexto musical, literario, visual o de puesta en escena. El arte procura a la persona o personas que lo practican y a quienes lo observan una experiencia que puede ser de orden estético, emocional, intelectual o bien combinar todas esas cualidades.

Tradicionalmente, en la mayoría de las sociedades el arte ha combinado la función práctica con la estética, pero en el siglo XVIII en el mundo occidental se empezó a distinguir el arte como un valor puramente estético que, además, tenía una función práctica. Las bellas artes (en francés beaux arts) —literatura, música, danza, pintura, escultura y arquitectura— centran su interés en la estética. Las consideradas artes decorativas, o artes aplicadas, como la cerámica, la metalistería, el mobiliario, el tapiz y el esmalte suelen ser artes de carácter utilitario y durante cierto tiempo estuvieron degradadas al rango de oficios. Dado que en la Escuela de Bellas Artes de París sólo se impartía la enseñanza de las principales artes visuales, a veces el término se ha utilizado de modo restringido para referirse sólo al dibujo, la pintura, la arquitectura y la escultura. Sin embargo, desde mediados del siglo XX, el mayor interés por las tradiciones populares no occidentales y la importancia del trabajo individual por parte de una sociedad mecanizada, ha hecho que esa vieja diferenciación fuese cada vez menos clara y que se consideren artes tanto las unas como las otras.

Tanto el arte como la ciencia requieren habilidad técnica. Los artistas y los científicos intentan crear un orden partiendo de las experiencias diversas y, en apariencia, aleatorias del mundo. También pretenden comprenderlo, hacer una valoración de él y transmitir su experiencia a otras personas. Sin embargo, existe una diferencia esencial entre ambas intenciones: los científicos estudian las percepciones de los sentidos de modo cuantitativo para descubrir leyes o conceptos que reflejen una verdad universal. Los artistas seleccionan las percepciones cualitativamente y las ordenan de forma que manifiesten su propia comprensión personal y cultural. Mientras que las investigaciones posteriores pueden llegar a invalidar leyes científicas, una obra de arte —aunque cambie el punto de vista del artista o el gusto del público— tiene un valor permanente como expresión estética realizada en un tiempo y en un lugar determinados.

Aun cuando los artistas puedan ser genios únicos movidos por unas energías creativas propias, también son en gran parte un producto de la sociedad en la que viven. Ésta debe procurar un grado de bienestar económico y suficiente tiempo libre como para permitir que el público o las instituciones puedan pagar a los artistas profesionales, como hacían los sacerdotes sumerios o los príncipes renacentistas. Un artista aficionado ha de poder disponer de tiempo libre, tanto el granjero que talla o la granjera que borda durante el invierno como el empleado de una oficina que se dedica a pintar los domingos. Incluso la decisión de ser artista puede fomentarse culturalmente. En muchas sociedades tradicionales era costumbre que los artistas, como otra mucha gente, siguieran la profesión de sus padres, como las familias de actores o pintores en Japón y las dinastías familiares de músicos en la Europa del siglo XVIII.

Los recursos físicos de la sociedad en que vive el artista condicionan el medio con el que trabaja. En una zona como Mesopotamia, carente de piedra, los arquitectos sumerios habían de construir con ladrillos; los pastores nómadas asiáticos tejían la lana de sus rebaños para hacer alfombras; los pintores medievales europeos trabajaban sobre paneles de madera, paredes revestidas de yeso, vidrieras de ventanas y pergaminos en una época en la que el papel no era conocido en Occidente. Pero en el siglo XX la producción en masa y el comercio mundial han proporcionado a los artistas un enorme abanico de materiales.

El medio que utiliza un artista condiciona el estilo de su trabajo. Así un escultor ha de tratar la piedra de modo diferente a la madera; un músico logra con los tambores unos efectos que difieren de los que logra con los violines; un escritor, si escribe poesía, ha de cumplir ciertos requisitos que en una novela serían irrelevantes. También la tradición local afecta a los estilos artísticos; los diseños en la cerámica de un área geográfica y un periodo determinados, pueden ser geométricos y en otros, naturalistas. La tradición en la India prescribía que se representara a Buda con el pelo muy rizado, al igual que la tradición occidental estipulaba que Cristo fuera representado con el pelo largo. Los artistas de Oriente hacían caso omiso de la perspectiva científica, que ha sido una de las preocupaciones fundamentales de los pintores occidentales desde el periodo renacentista en Europa.

Además, el tema artístico está muchas veces dictado por la sociedad que lo financia. El arte y la arquitectura de Egipto, dominado por el Estado y las concepciones religiosas, utilizaban como motivos la glorificación del faraón y la vida después de la muerte. En la piadosa Europa medieval, la mayor parte de las artes visuales y el teatro trataban temas cristianos. En el siglo XX en los países totalitarios el arte oficialmente reconocido había de estar al servicio del Estado. Desde el siglo XIX, en la mayoría de los países occidentales, los artistas han disfrutado de mayor libertad en la elección de los temas y, en algunas ocasiones, la forma de la obra se ha convertido en el tema, como sucede en el arte conceptual y en la música pura.

El rango social de los artistas ha ido cambiando en Occidente a lo largo de los siglos. En la época clásica y en la edad media los poetas y escritores, al utilizar para sus obras sólo la capacidad intelectual, estaban considerados creadores de rango superior a los actores, bailarines, músicos, pintores y escultores, que utilizaban la habilidad manual o física. Pero desde el renacimiento, cuando empezaron a valorarse todos los aspectos de la personalidad humana, la capacidad creativa en el campo de las artes visuales y de representación ha ido ganando mayor reconocimiento y prestigio social. Hoy en día el arte se considera, en todas sus categorías, como parte fundamental de los logros de la humanidad y muchos creadores de los más diversos campos artísticos se encuentran entre los ciudadanos más famosos del mundo.

LA PODEROSA MÚSICA DEL AGUA

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jueves 20 de noviembre de 2008

LA PODEROSA MÚSICA DEL AGUA

Carmelo Urso

La música del agua es una poderosa corriente espiritual que ha sido bellamente canalizada por los grandes compositores de todas las épocas, tanto clásicos como populares… y de igual manera, el agua lleva en sí misma una mágica cualidad de producir sonido que, tal como lo han comprobado meditadores antiguos y contemporáneos, posee un efecto sosegador, sanativo, que nos vincula con las dimensiones trascendentes del Ser.

Sí, basta prestar un mínimo de atención para percibir cómo el agua genera, en todas partes, una sonoridad suave y eterna, que trasciende a eras y héroes, a razas y civilizaciones.

A muchas personas les proporciona calma el sonido del mar o les agrada sobremanera el meloso rumor de una cascada… o, simplemente, piensan que no hay mejor canción de cuna que el goteo de la lluvia nocturna precipitándose sobre el sólido techo de la casa.

De igual forma, hoy día es moneda corriente la edición de discos compactos donde se mezclan los diversos sonidos del agua con música académica o "new age": tales productos son adquiridos por personas estresadas que meditan –en la urbana reclusión de sus casas o apartamentos- recreando en sus mentes ese entorno natural que la dinámica humana se ha empeñado en destruir.

Tal afición por meditar al son del agua parece ratificar la conseja de que el líquido elemento es el más musical de la Naturaleza. Aunque, claro está, la musicalidad del agua no siempre es apacible… ¡y a veces se torna furiosa y frenética, como cuando se trata de vaguadas, tifones o huracanes!

Infinita música del Espíritu

Según antiguos místicos chinos, si alguno de ustedes se sentara a la vera del gran río Amarillo en estado de meditación podría escuchar cómo una interminable canción de una sola nota se desprende de ese inmenso cuerpo fluvial. Tal nota equivale al de la escala de Occidente y reporta infinita paz a quien la percibe.

Esta visión contemplativa y espiritual del río la vemos refrendada en la extraordinaria novela "Siddhartha" , en donde el autor suizo Hermann Hesse (Premio Nobel de Literatura en 1946) nos describe cómo el protagonista Siddhartha y su amigo Vasudeva alcanzan la Iluminación –el preclaro estado de budeidad- al oír la Voz plural del río:

"Aunque muchas veces había escuchado esa infinitud de voces del río, esta vez le parecieron nuevas. Pronto no pudo distinguir ya las voces alegres de las llorosas, las infantiles de las varoniles, todas se les confundían y entremezclaban… Y cuando Siddhartha escuchaba atentamente ese río, aquel canto orquestado por miles de voces, entonces, la gran canción de las mil voces se reducía a una palabra, y esa palabra era OM, la Perfección". En ese mismo sentido, muchos sabios del Oriente han equiparado el Nirvana a la gota (del ego) que se disuelve en el océano (de la Conciencia Absoluta).

En todo caso, el amable lector o lectora no precisa trasladarse a tierras hindúes o chinas para beneficiarse del sedativo efecto que tiene el sonido del agua sobre nuestra psique. Basta allegarse a un balneario, río o lago cercano; distenderse sobre la mullida hierba de una vera o sobre las finas arenas de una playa; cerrar los ojos tal como lo hicieran el sabio Siddhartha y su colega Vasudeva; y, finalmente, comprobar lo que antiguos místicos y modernos psicólogos han corroborado: que el escuchar el plácido sonido del agua nos retrotrae a realidades fascinantes, trascendentales.

En la práctica espiritual del Oriente existe un viejo axioma que dice: "El sonido es vibración; la vibración es energía". Algunos sonidos nos sosiegan; otros nos aturden; algunos nos pacifican, energizan; otros nos alienan; el sonido del agua es sagrado porque, tal como lo ha comprobado la ciencia, la vida –en nuestro plano físico- surge y se nutre del líquido elemento… y sin él, la existencia es imposible; por ello, el sonido, la vibración y la energía transmitidas por el agua son sinónimos de vida... ¡y en lo más íntimo de nuestros genes y de nuestra memoria celular lo sabemos!

De tal suerte, meditar con la vibración del agua se convierte en una plegaria silenciosa que acalla el barullo de la mente y nos recuerda ese océano primordial en el que evolucionaron las especies del planeta hace unos tres mil millones de años; nos devuelve –además- a ese tranquilo estanque uterino en el que fuimos acunados con irrepetible candor; y, por supuesto, nos reconecta con ese Yo Superior, ese Padre-Madre del todo armonioso, que filtra Su sabia Voz tanto en la furiosa ola que golpea a la roca como en la leve gota de llovizna veraniega que impregna nuestro rostro.

El agua como obra musical

Y así como el vital líquido tiene su propia e inherente musicalidad, los grandes compositores de todas las épocas se han inspirado en él para deleitarnos con algunas de las más conmovedoras piezas artísticas que haya concebido el espíritu humano.

Desde las antiguas canciones marineras –en las que celtas, vikingos, griegos o romanos vertían sus cuitas y alegrías, implorando protección a las deidades oceánicas- hasta composiciones sinfónicas de la talla de "Las Fuentes de Roma", obra del genio italiano Ottorino Respighi, el agua ha sido manantial de inspiración para los músicos de todos los tiempos, haciendo vibrar nuestra sensibilidad.

En el campo de la música académica, el agua es un tema que tiene dilatada tradición: compositores como el austriaco Johann Strauss ("El Danubio Azul"), el francés Maurice Ravel ("Juegos de Agua"), el inglés Edgard Elgar ("Estampas Marinas"), el alemán Richard Wagner ("El Holandés Errante") y el francés Claude Debussy ("El Mar") le han dedicado grandes obras orquestales. Destacan también dentro de esta temática las famosas piezas de los alemanes Georg Philip Telemann y Georg Friedrich Häendel –tituladas ambas "Música Acuática"- altas cimas del barroco musical.

En el ámbito de la música popular, resulta imposible inventariar el gran número de canciones que le cantan al agua; destacaremos aquí algunas que –por su belleza poética- nos han causado honda impresión.

Joan Manuel Serrat, el conocido cantautor catalán, nos ha dejado estos versos en su disco "Utopía":

Si el hombre es un sueño

El agua es el mundo

Si el hombre está vivo

El agua es la vida

Si el hombre es un niño

El agua es París

Si el hombre la pisa

El agua salpica

Cuídala

Como ella cuida de ti

Simón Díaz, indiscutido decano de la canta tradicional venezolana, ha descrito el tormento del amor romántico como la lucha entre las fuerzas del aire (la garza) y el agua (el caudaloso río):

Yo vide a la garza mora

Dándole combate al río

Así es como se enamora

Tu corazón con el mío

El cantautor argentino Luis Alberto Spinetta –quizás el mejor letrista que jamás haya tenido el rock en español- nos describe cómo la lágrima de una triste despedida se transforma, a orillas del Río de La Plata, en un pétalo muy singular:

Lenta bruma cansada de dar al muelle

No veo paisajes más que este mar

Que su viento devuelva la vida y la calma

Y vea sus barcas volver de luz

Tu sombra allende la distancia

Es como un pétalo de sal…

Y así podríamos citar centenares de hermosas canciones como la famosa "Gotas de Lluvia Caen sobre mi Cabeza" del norteamericano Burt Bacharah o aquella balada en la que su paisano Paul Simon define a la amistad como "Un puente sobre aguas turbulentas" .

Sin embargo, por bella que sea, ninguna composición o poema podrá sustituir al suave susurro del agua de los arroyos, al cristalino tintineo de la gota que cae desde la estalactita de una caverna o al jubiloso fluir del líquido que baila en las fuentes de las plazas.

A estos entrañables sonidos se han sumado otros más inquietantes, generados por el calentamiento global: el fantasmal goteo del permafrost, la capa hielo que ha cubierto a la tundra siberiana durante millones de años y que ahora tiende a derretirse; el estruendo que producen los nuevos mega-icebergs –algunos tan grandes como islas caribeñas- cuando se separan del menguante continente antártico; el quebradizo chispeo del casquete polar del Norte, cuyos flotantes hielos podrían desaparecer en pocas décadas si no ponemos rápido coto a nuestros abusos ambientales.

La música del agua es anterior al ser humano; sólo de nosotros depende seguir escuchándola. No acallemos su bella voz, porque su canto es el sostén de la Vida.

Sinfonía No 22 de Franz Joseph Haydn

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sábado 15 de noviembre de 2008


Franz Joseph Haydn

(Rohrau, Austria, 1732 - Viena, 1809) Compositor austriaco. Con Mozart y Beethoven Haydn es el tercer gran representante del clasicismo vienés. Aunque no fue apreciado por la generación romántica, que lo consideraba excesivamente ligado a la tradición anterior, lo cierto es que sin su aportación la obra de los dos primeros, y tras ellos la de Schubert o Mendelssohn, nunca habría sido lo que fue. Y es que a Haydn, más que a ningún otro, se debe el definitivo establecimiento de formas como la sonata y de géneros como la sinfonía y el cuarteto de cuerda, que se mantuvieron vigentes sin apenas modificaciones hasta bien entrado el siglo XX.

Nacido en el seno de una humilde familia, el pequeño Joseph Haydn recibió sus primeras lecciones de su padre, quien, después de la jornada laboral, cantaba acompañándose al arpa. Dotado de una hermosa voz, en 1738 Haydn fue enviado a Hainburg, y dos años más tarde a Viena, donde ingresó en el coro de la catedral de San Esteban y tuvo oportunidad de perfeccionar sus conocimientos musicales.



Allí permaneció Haydn hasta el cambio de voz, momento en que, tras un breve período como asistente del compositor Nicola Porpora, pasó a servir como maestro de capilla en la residencia del conde Morzin, para quien compuso sus primeras sinfonías y divertimentos.

El año 1761 se produciría un giro decisivo en la carrera del joven músico: fue entonces cuando los príncipes de Esterházy –primero Paul Anton y poco después, a la muerte de éste, su hermano Nikolaus– lo tomaron a su servicio. Haydn tenía a su disposición una de las mejores orquestas de Europa, para la que escribió la mayor parte de sus obras orquestales, operísticas y religiosas.

El fallecimiento en 1790 del príncipe Nikolaus y la decisión de su sucesor, Paul Anton, de disolver la orquesta de la corte motivó que Haydn, aun sin abandonar su cargo de maestro de capilla, instalara su residencia en Viena. Ese año, y por mediación del empresario Johann Peter Salomon, el músico realizó su primer viaje a Londres, al que siguió en 1794 un segundo. En la capital británica, además de dar a conocer sus doce últimas sinfonías, tuvo ocasión de escuchar los oratorios de Haendel, cuya impronta es perceptible en su propia aproximación al género con La Creación y Las estaciones.

Fallecido Paul Anton ese mismo año de 1794, el nuevo príncipe de Esterházy, Nikolaus, lo reclamó de nuevo a su servicio, y para él escribió sus seis últimas misas, entre las cuales destacan las conocidas como Misa Nelson y Misa María Teresa. Los últimos años de su existencia vivió en Viena, entre el reconocimiento y el respeto de todo el mundo musical.

















Concierto No. 1 en tres movimientos de Nicolo Paganini

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viernes 14 de noviembre de 2008




Compositor italiano y virtuoso del violín. Nació en Génova, donde estudió con músicos locales. Hizo su primera aparición pública a los nueve años y realizó una gira por varias ciudades de Lombardía a los trece. No obstante, hasta 1813 no se le consideró un virtuoso del violín. En 1801 compuso más de veinte obras en las que combina la guitarra con otros instrumentos. De 1805 a 1813 fue director musical en la corte de Maria Anna Elisa Bacciocchi, princesa de Lucca y hermana de Napoleón.

En 1813 abandonó Lucca y comenzó a hacer giras por Italia, donde su forma de interpretar atrajo la atención de quienes le escuchaban. En 1828 fue a Viena, más tarde a París y en 1831 a Londres. En París conoció al pianista y compositor húngaro Franz Liszt, que, fascinado por su técnica, desarrolló un correlato pianístico inspirado en lo que Paganini había hecho con el violín. Renunció a las giras en 1834. Su técnica asombraba tanto al público de la época que llegaron a pensar que existía algún influjo diabólico sobre él. Podía interpretar obras de gran dificultad únicamente con una de las cuatro cuerdas de violín (retirando primero las otras tres, de manera que éstas no se rompieran durante su actuación), y continuar tocando a dos o tres voces, de forma que parecían varios los violines que sonaban. Esto indica lo cercano que estaba su arte al mundo del espectáculo. Sus obras incluyen veinticuatro caprichos para violín solo (1801-1807), seis conciertos y varias sonatas.








Espejos, por Eduardo Galeano

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jueves 13 de noviembre de 2008


Eduardo Galeano

















De deseo somos La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna. Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos. Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también. Breve historia de la civilización Y nos cansamos de andar vagando por los bosques y las orillas de los ríos. Y nos fuimos quedando. Inventamos las aldeas y la vida en comunidad, convertimos el hueso en aguja y la púa en arpón, las herramientas nos prolongaron la mano y el mango multiplicó la fuerza del hacha, de la azada y del cuchillo. Cultivamos el arroz, la cebada, el trigo y el maíz, y encerramos en corrales las ovejas y las cabras, y aprendimos a guardar granos en los almacenes, para no morir de hambre en los malos tiempos. Y en los campos labrados fuimos devotos de las diosas de la fecundidad, mujeres de vastas caderas y tetas generosas, pero con el paso del tiempo ellas fueron desplazadas por los dioses machos de la guerra. Y cantamos himnos de alabanza a la gloria de los reyes, los jefes guerreros y los altos sacerdotes. Y descubrimos las palabras tuyo y mío y la tierra tuvo dueño y la mujer fue propiedad del hombre y el padre propietario de los hijos. Muy atrás habían quedado los tiempos en que andábamos a la deriva, sin casa ni destino. Los resultados de la civilización eran sorprendentes: nuestra vida era más segura pero menos libre, y trabajábamos más horas. Fundación de la división del trabajo Dicen que fue el rey Manu quien otorgó prestigio divino a las castas de la India. De su boca, brotaron los sacerdotes. De sus brazos, los reyes y los guerreros. De sus muslos, los comerciantes. De sus pies, los siervos y los artesanos. Y a partir de entonces se construyó la pirámide social, que en la India tiene más de tres mil pisos. Cada cual nace donde debe nacer, para hacer lo que debe hacer. En tu cuna está tu tumba, tu origen es tu destino: tu vida es la recompensa o el castigo que merecen tus vidas anteriores, y la herencia dicta tu lugar y tu función. El rey Manu aconsejaba corregir la mala conducta: Si una persona de casta inferior escucha los versos de los libros sagrados, se le echará plomo derretido en los oídos; y si los recita, se le cortará la lengua. Estas pedagogías ya no se aplican, pero todavía quien se sale de su sitio, en el amor, en el trabajo o en lo que sea, arriesga escarmientos públicos que podrían matarlo o dejarlo más muerto que vivo. Los sincasta, uno de cada cinco hindúes, están por debajo de los de más abajo. Los llaman intocables, porque contaminan: malditos entre los malditos, no pueden hablar con los demás, ni caminar sus caminos, ni tocar sus vasos ni sus platos. La ley los protege, la realidad los expulsa. A ellos, cualquiera los humilla; a ellas, cualquiera las viola, que ahí sí que resultan tocables las intocables. A fines del año 2004, cuando el tsunami embistió contra las costas de la India, los intocables se ocuparon de recoger la basura y los muertos. Como siempre. Fundación de los días Cuando Irak era Sumeria, el tiempo tuvo semanas, las semanas tuvieron días y los días tuvieron nombres. Los sacerdotes dibujaron los primeros mapas celestes y bautizaron los astros, las constelaciones y los días. Hemos heredado sus nombres, que fueron pasando, de lengua en lengua, del sumerio al babilonio, del babilonio al griego, del griego al latín, y así. Ellos habían llamado dioses a las siete estrellas que se movían en el cielo, y dioses seguimos llamando, miles de años después, a los siete días que se mueven en el tiempo. Los días de la semana siguen respondiendo, con ligeras variantes, a sus nombres originales: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, Sol. Lunes, martes, miércoles, jueves... Breve historia de la cerveza Uno de los proverbios más antiguos, escrito en lengua de los sumerios, exime al trago de toda culpa en caso de accidentes: La cerveza está bien. Lo que está mal es el camino. Y según cuenta el más antiguo de los libros, Enkidu, el amigo del rey Gilgamesh, fue bestia salvaje hasta que descubrió la cerveza y el pan. La cerveza viajó a Egipto desde la tierra que ahora llamamos Irak. Como daba nuevos ojos a la cara, los egipcios creyeron que era un regalo de su dios Osiris. Y como la cerveza de cebada era hermana melliza del pan, la llamaron pan líquido. En los Andes americanos, es la ofrenda más antigua: desde siempre la tierra pide que le derramen chorritos de chicha, cerveza de maíz, para alegrar sus días. Breve historia del vino Dudas razonables nos impiden saber si Adán fue tentado por una manzana o por una uva. Sí sabemos, en cambio, que hubo vino en este mundo desde la Edad de Piedra, cuando las uvas ya fermentaban sin ayuda de nadie. Antiguos cánticos chinos recetaban el vino para aliviar las dolencias de los tristes. Los egipcios creían que el dios Horus tenía un ojo de sol y otro de luna, y el ojo de luna lloraba lágrimas de vino, que los vivos bebían para dormirse y los muertos para despertarse. Una vid era el emblema del poder de Ciro, rey de los persas, y el vino regaba las fiestas de los griegos y de los romanos. Para celebrar el amor humano, Jesús convirtió en vino el agua de seis tinajas. Fue su primer milagro. Victorioso sol, luna vencida La luna perdió la primera batalla contra el sol cuando se difundió la noticia de que no era el viento quien embarazaba a las mujeres. Después, la historia trajo otras tristes novedades: la división del trabajo atribuyó casi todas las tareas a las hembras, para que los machos pudiéramos dedicarnos al exterminio mutuo; el derecho de propiedad y el derecho de herencia permitieron que ellas fueran dueñas de nada; la organización de la familia las metió en la jaula del padre, el marido y el hijo varón y se consolidó el estado, que era como la familia pero más grande. La luna compartió la caída de sus hijas. Lejos quedaron los tiempos en que la luna de Egipto devoraba el sol al anochecer y al amanecer lo engendraba, la luna de Irlanda sometía al sol amenazándolo con la noche perpetua y los reyes de Grecia y Creta se disfrazaban de reinas, con tetas de trapo, y en las ceremonias sagradas enarbolaban la luna como estandarte. En Yucatán, la luna y el sol habían vivido en matrimonio. Cuando se peleaban, había eclipse. Ella, la luna, era la señora de los mares y de los manantiales y la diosa de la tierra. Con el paso de los tiempos, perdió sus poderes. Ahora sólo se ocupa de partos y enfermedades. En las costas del Perú, la humillación tuvo fecha. Poco antes de la invasión española, en el año 1463, la luna del reino chimú, la que más mandaba, se rindió ante el ejército del sol de los incas. Amazonas Las amazonas, temibles mujeres, habían peleado contra Hércules, cuando era Heracles, y contra Aquiles en la guerra de Troya. Odiaban a los hombres y se cortaban el seno derecho para que sus flechazos fueran más certeros. El gran río que atraviesa el cuerpo de América de lado a lado, se llama Amazonas por obra y gracia del conquistador español Francisco de Orellana. Él fue el primer europeo que lo navegó, desde los adentros de la tierra hasta las afueras de la mar. Volvió a España con un ojo menos, y contó que sus bergantines habían sido acribillados a flechazos por mujeres guerreras, que peleaban desnudas, rugían como fieras y cuando sentían hambre de amores secuestraban hombres, los besaban en la noche y los estrangulaban al amanecer. Y por dar prestigio griego a su relato, Orellana dijo que ellas eran aquellas amazonas adoradoras de la diosa Diana, y con su nombre bautizó al río donde tenían su reino. Los siglos han pasado. De las amazonas, nunca más se supo. Pero el río se sigue llamando así, y aunque cada día lo envenenan los pesticidas, los abonos químicos, el mercurio de las minas y el petróleo de los barcos, sus aguas siguen siendo las más ricas del mundo en peces, aves y cuentos. Monopolio divino Los dioses no soportan la competencia de los terrestres vulgares y silvestres. Nosotros les debemos humillación y obediencia. Hemos sido hechos por ellos, según ellos; y la censura del alto cielo prohíbe que se divulgue el rumor de que son ellos quienes han sido hechos por nosotros. Cuando advirtieron que veíamos más allá del horizonte, los dioses mayas nos echaron polvo a los ojos; y los dioses griegos dejaron ciego a Fineo, rey de Salmidesos, cuando supieron que él veía más allá del tiempo. Lucifer era el arcángel preferido del dios de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes. Cuando Lucifer intentó levantar su trono por encima de las estrellas, ese dios lo hizo ceniza, quemándolo en el fuego de su propia belleza. Y fue ese dios quien expulsó a Adán y a Eva, los primeros, los que no tenían ombligo, porque quisieron conocer la gloria divina; y fue él quien castigó a los constructores de la torre de Babel, que estaban cometiendo la insolencia de llegar al cielo. Olimpíadas A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes. Competían en la ciudad de Olimpia, y mientras las olimpíadas ocurrían, los griegos olvidaban sus guerras por un rato. Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban, galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos. Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos. El primer campeón, un tal Korebus, se ganaba la vida trabajando de cocinero, y a eso siguió dedicándose. En la olimpíada inaugural, él corrió más que todos sus rivales y más que los temibles vientos del norte. Las olimpíadas eran ceremonias de identidad compartida. Haciendo deporte, esos cuerpos decían, sin palabras: Nos odiamos, nos peleamos, pero todos somos griegos. Y así fue durante mil años, hasta que el cristianismo triunfante prohibió estas paganas desnudeces que ofendían al Señor. En las olimpíadas griegas nunca participaron las mujeres, los esclavos ni los extranjeros. En la democracia griega, tampoco. Fundación de la inseguridad ciudadana La democracia griega amaba la libertad, pero vivía de sus prisioneros. Los esclavos y las esclavas labraban tierras, abrían caminos, excavaban montañas en busca de plata y de piedras, alzaban casas, tejían ropas, cosían calzados, cocinaban, lavaban, barrían, forjaban lanzas y corazas, azadas y martillos, daban placer en las fiestas y en los burdeles y criaban a los hijos de sus amos. Un esclavo era más barato que una mula. La esclavitud, tema despreciable, rara vez aparecía en la poesía, en el teatro o en las pinturas que decoraban las vasijas y los muros. Los filósofos la ignoraban, como no fuera para confirmar que ése era el destino natural de los seres inferiores, y para encender la alarma. Cuidado con ellos, advertía Platón. Los esclavos, decía, tienen una inevitable tendencia a odiar a sus amos y sólo una constante vigilancia podrá impedir que nos asesinen a todos. Y Aristóteles sostenía que el entrenamiento militar de los ciudadanos era imprescindible, por la inseguridad reinante. Espartaco Fue pastor en Tracia, soldado en Roma, gladiador en Capua. Fue esclavo fugado. Huyó armado de un cuchillo de cocina, y al pie del volcán Vesubio fundó su tropa de libres, que andando creció y fue ejército. Una mañana, setenta y dos años antes de Cristo, Roma tembló. Los romanos vieron que los hombres de Espartaco los veían. Habían amanecido erizadas de lanzas las crestas de las colinas. Desde allá arriba, los esclavos contemplaban los templos y los palacios de la más reina, la que tenía el mundo a su mandar: estaba al alcance de sus manos, tocada por sus ojos, la ciudad que les había arrancado sus nombres y sus memorias y los había convertido en cosas que podían ser azotadas, regaladas o vendidas. El ataque no ocurrió. Nunca se supo si Espartaco y los suyos habían llegado hasta allí, hasta tan cerquita, o ésos eran no más que espejismos del miedo. Porque en aquellos días, los esclavos estaban propinando humillantes palizas a las legiones. Dos años duró esa guerra de guerrillas que tuvo en vilo al imperio. Por fin, los sublevados fueron cercados, en las montañas de Lucania, y fueron aniquilados por los soldados que en Roma había reclutadoun joven militar llamado Julio César. Cuando Espartaco se vio vencido, apoyó su cabeza en la cabeza de su caballo, la frente pegada a la frente de su compañero de todas las batallas, y le hundió el largo cuchillo y le partió el corazón. Los carpinteros alzaron cruces nuevas a todo lo largo de la vía Appia, desde Capua hasta Roma. Julio César Lo llamaban el calvo putañero, decían que era el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos. Fuentes bien informadas aseguraban que había estado encerrado varios meses en el dormitorio de Cleopatra, sin asomar la nariz. Con ella, su trofeo, regresó a Roma desde Alejandría. Y coronando sus campañas victoriosas en Europa y en África, rindió homenaje a su propia gloria mandando al muere a una multitud de gladiadores y exhibiendo jirafas y otras rarezas que Cleopatra le había regalado. Y Roma lo vistió de púrpura, la única toga de ese color en todo el imperio, y ciñó su frente con corona de laurel, y Virgilio, el poeta oficial, cantó a su estirpe divina, que venía de Eneas, Marte y Venus. Y poco después, desde la cumbre de las cumbres, se proclamó dictador vitalicio y anunció reformas que amenazaban los intocables privilegios de su propia clase. Y los suyos, los patricios, decidieron que más vale prevenir que curar. Y el todopoderoso, marcado para morir, fue rodeado por sus íntimos y su bienamado Marco Bruto, que quizás era su hijo, lo estrujó en el primer abrazo y en la espalda le clavó la primera puñalada. Y otros puñales lo acribillaron y se alzaron, rojos, al cielo. Y allí tirado quedó el cuerpo, en el suelo de piedra, porque ni sus esclavos se atrevían a tocarlo. * Fragmentos del libro del autor Espejos. Una historia casi universal. México, Siglo XXI, 2008. Reproducido con autorización de la editorial.

Sonata de Chopin No 3, cuatro movimientos

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martes 11 de noviembre de 2008












Las formas musicales clásicas

Publicado por - | 12:27 | | 0 comentarios »

Las Formas Musicales Clásicas

Las grandes obras de la música instrumental clásica responden básicamente a tres tipos o formas de composición:

La sonata, proveniente de algunas formas musicales anteriores, es una pieza musical para ser ejecutada por un instrumento de teclado, o por violín acompañado de teclado, integrada por tres o cuatro movimientos; de los cuales el primero es en un tiempo medianamente rápido, el intermedio lento y el final francamente rápido. Los principales autores clásicos de sonatas son Beethoven y Chopin. Una forma especial de sonata es aquella en que en vez de un único instrumento participan varios, preferentemente tres, conformando el trío.

El concierto, con una estructura de movimientos similar a la de la sonata, el concierto es ejecutado por un instrumento solista, por lo general piano o violín, aunque los hay de instrumentos de viento como el óboe, acompañado por orquesta sinfónica. Originado en los formatos del concerto grosso (en que participaba un conjunto de instrumentos de cuerdas de los que se destacaba un grupo más pequeño o concertino); el concierto clásico se fundamenta en la existencia de instrumentistas sumamente virtuosos, que a menudo eran los propios compositores. De tal manera, su estructura de diálogo y contrapunto entre el solista y la orquesta, ha dado nacimiento a piezas de extraordinaria belleza musical. Los principales autores de conciertos han sido Mozart, Beethoven, Liszt, Paganini, Tchaicowsky, Grieg, Mendelsshon, Rajmaninov, y Schumann.

La sinfonía, también originada en formas musicales previas, y siguiendo basicamente la estructura de la sonata, la sinfonía es la culminación del arte musical instrumental. Se fundamenta en el desarrollo de la gran orquesta llamada sinfónica, en la cual se reúne un gran conjunto de instrumentos musicales, tanto de cuerdas, como de viento o de percusión, comprendiendo dos secciones de violines, y secciones de violas, violoncelos, contrabajos, flautas, óboes, clarinetes, fagotes, trompas, trompetas, trombones, tubas, timbales, percusiones y arpa. En su formato más propio, se integra con tres movimientos y un final; de los cuales el primero tiene una estructura en que se exponen inicialmente un primer y luego un segundo tema, que posteriormente son desarrollados. Los grandes maestros iniciales de la sinfonía fueron Haydn y Mozart, siendo su máximo exponente Beethoven en sus monumentales 9 sinfonías que constituyeron la culminación del arte musical instrumental. Sin embargo, deben mencionarse también otros grandes autores de obras sinfónicas, como Tchaicowsky, Schubert, Schumann y Mendelsshon, entre otros.

La música Clásica

Publicado por - | 11:55 | | 0 comentarios »

denomina Período Clásico de la producción musical, el comprendido en forma aproximada entre los años 1730 y 1820. Durante este período, se produjo un cambio fundamental del estilo musical y, sobre todo, hubo un gran desarrollo de la música instrumental resultante en buena medida de la invención de algunos nuevos instrumentos, especialmente el piano, así como en el perfeccionamiento en el diseño y la fabricación de otros. Sin embargo, muchas obras de gran categoría que integran el gran fondo de la música instrumental que utilizan fundamentalmente los elementos establecidos en el período clásico, fueron compuestas con posterioridad a 1820.

Esos desarrollos dieron lugar a un enorme enriquecimiento de los medios expresivos de la música instrumental, habilitando a la vez el surgimiento de algunos ejecutantes virtuosos, especialmente en el piano y el violín, y también de numerosos compositores que, teniendo esos elementos a su disposición, pudieron desarrollar numerosas innovaciones en torno a la creación musical.

Los días grises

Publicado por - | 10:03 | | 0 comentarios »















LOS DIAS GRISES

Los hay, desde luego.
¡Y muy frecuentes!

Hay días en los que brilla el sol, la vida sigue como siempre: las cosas no han cambiado, nada urgente nos falta en apariencia y sin embargo...

Nos sentimos mal, como incompletos, como... insuficientes, como desalentados y extraños.

Ese día en que abres los ojos y no sabes por qué, traes un desánimo que te nació en el sueño, que te brotó en lo alto de la noche y se filtró a tu alma gracias a quién sabe que asociaciones oscuras y angustiosas.

Ese día en que te cuesta trabajo levantarte.

¡Ayer estaba todo bien!

Ese día en que presientes que nada va a ir como tú lo deseaste, ese día que no tiene color, cuyas primeras horas son de laxitud, recelo o ligera zozobra.

Ese día, es un día que nació gris.

Nunca se puede evitar esto. La química de nuestro cuerpo, la reacción desconocida de factores internos a estímulos que no descubrimos todavía, nos quieren pintar este día de gris.

Gris opaco. Gris depresivo. Gris pasivo. Gris marginal.

PERO...

Lo que sí puedes hacer, cuanto antes, es tomar tú mismo, tú misma, la decisión de activar tus propios pinceles y aprovechar ese gris neutro para inundarlo de figuras diversas:

¡Flechas verdes, curvas doradas,

zig-zags blancos, puntos azules!

Puedes convertir en unos cuantos segundos o minutos ese panorama triste en un deseo realizable, un canto que te estimule, un silencio que te hable.

No hay días grises... ¡todos son iguales!
Quien les da color eres tú.

Quien es capaz de alegrarse con la lluvia o admirar la tempestad, eres tú.

Quien se echa a llorar bajo un sol espléndido o un cielo maravilloso, eres tú.

Porque no son los días los que te dan color. Eres tú quien puede pintar como desees, cada día.

Si sientes que comienza todo gris...
¡Decídete y llénalo de color! ...

Cierra los ojos. Respira hondo, piensa claro...


¡Y vive como nunca el día de hoy!

¡Los mejores colores de la vida, están siempre dentro de ti mismo! .

Graciela E. Prepelitchi

Jazz

Publicado por - | 8:09 | | 1 comentarios »

domingo 9 de noviembre de 2008

Un tal Jesús

Publicado por - | 5:21 | | 0 comentarios »





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Nos acusaron de herejes y de vulgares.Pero en los campos del Baoruco dominicano y en los barrios de Managua la gente descubría un nuevo rostro de Jesús de Nazaret, moreno y sonriente.
La autoridades religiosas condenaron a Un tal Jesús y lo prohibieron con amenazas y hasta excomuniones. En realidad, nos estaban haciendo propaganda gratis. Porque cada vez los programas se escuchaban en más emisoras y los libros pasaban de mano en mano. Un tal Jesús fue primero una radionovela en doce docenas de capítulos. Nuestro desafío era grande: poner humor y lenguaje cotidiano en los esquemáticos relatos del Evangelio, presentar a Jesús como un hombre real apasionado por la justicia, reconstruir el escenario histórico y cultural en que vivió. Y a todo esto, ponerle un punto de sal latinoamericana. Esta producción no hubiera sido posible sin el apoyo de Franziska Moser, Elena Otero y Manuel Olivera, audaces directivos de SERPAL. Tampoco sin la impaciente complicidad de Nivio López Vigil, el mejor crítico de la obra.


María y José Ignacio López Vigil