domingo, 8 de febrero de 2009

El origen del río Atuel


Un relato que narra, en clave de leyenda,
el origen del río Atuel.



Atuel. Lindo nombre, ¿verdad?
Para algunos, significa "lamentos o quejidos".
Para otros, "tierra de las almas o de los espíritus".
Porque eso es hoy Atuel:
un espíritu que corre libre, fresco, claro; pero
que también llora.
Que da vida, mantiene verde y fértil
lo que hasta hace
unos cinco siglos era total desierto,
contra el cual había que luchar a
brazo partido. Aunque también se lamenta.
¿Por qué aún llora Atuel?
¿Por qué se lamenta?
La tribu del cacique Talú
era una de las tantas que ocupaban una parte del
sur de la actual provincia de Mendoza.
Su padre había muerto cuando él era
muy jovencito.
Igual, Talú asumió el cacicazgo con responsabilidad
y lo cumplió dando muestras de sabiduría y justicia.
Pacífica y feliz era aquella gente.
Pero de un día para el otro, como si las
deidades se hubieran encaprichado contra ellos,
una gran sequía comenzó a azotar la región.
Los primeros en morir fueron los más débiles:
ancianos y niños.
Siguieron las mujeres.
Talú era muy decidido.
Ante tanta fatalidad,
organizó a sus hombres y partió
con ellos en busca de agua para salvar a los suyos.
Y así, se aventuraron a
sitios que ni sabían que existían.
Pero en su avance, lo único que hallaban
era pura tierra reseca, cuarteada por la sed
y castigada por un sol imposible, incansable.
Fue en una de estas expediciones que
Talú y sus hombres llegaron hasta un valle
en el cual se levantaba una casucha.
Ahí vivían un español y su hija:
Clara. El hombre, que había conocido al padre de Talú,
los recibió, les dio de beber
y les permitió descansar a la sombra de su pobre techo.
Con el tiempo, los indios pasaron varias veces
por aquella casa, se quedaban
un tiempito y seguían camino
tras el agua que parecía esquivarlos.
Fue en ese ir y venir que Talú y Clara
comenzaron a quererse.
Por supuesto, al español
la idea no le gustó para nada.
Pero confiaba en la
cordura de la muchacha
y hacía como que no veía el modo en que la cristiana
y el indio se miraban;
simulaba no oír lo que se decían; ni se preocupaba
por cómo le cambiaba el humor a Clara cuando Talú
y los suyos aparecían o se marchaban.
Esto sucedió hasta el día
en que Clara decidió marcharse con aquel hombre
con el que ya soñaba, dormida o despierta.
No sin una inicial resistencia,
el español finalmente la dejó partir,
pero se quedó con la espina en la garganta.
Podía ser amable y solidario,
pero aquello sobrepasó los límites.
Clara llegó a la tribu y fue recibida con respeto.
A las mujeres les llamaba
la atención su piel pálida,
sus ojos azules y su cabello rubio.
A la joven, le fascinaba cómo ellas
trabajaban a la par de sus maridos;
el sabor de las comidas que cocinaban;
y las maravillosas vasijas que hacían surgir
de la arcilla.
Las imitó y pronto fue una más entre todas.
No pasó mucho hasta que Talú la tomó como esposa.
Tampoco tardó en nacerles un niño.
Llegó con los rasgos de su padre impresos en la cara,
pero con la claridad de su madre en la piel
y su azul, en la mirada.
Lo llamaron Atuel,
porque creyeron que en él reposaban
las almas de los ascendientes de ambos,
venidos de diferentes mundos pero, a través de él,
fusionados en uno.
Sin embargo,
el nacimiento del hijo del cacique no tuvo festejo.
La sequía ya se había tragado
las vidas de muchos pequeños, ancianos y mujeres.
Pero faltaba lo peor:
el padre de Clara se cruzó con una partida de soldados.
A ellos dijo que su hija había sido cautivada
por un malón y necesitaba de su
ayuda para recuperarla.
Les habló de un ataque contra él.
De cómo
destruyeron sus pocas pertenencias.
Y de la resistencia de Clara para evitar
ser arrastrada por ese cacique violento, sanguinario.
Convencidos con ese relato,
los soldados volvieron al fuerte y se
apertrecharon para ir al rescate de la cristiana.
Y cobardemente, pues
sabían que la comunidad de Talú no usaba armas,
los atacaron en medio de la noche.
Fue un combate feroz,
con desigualdad de fuerzas.
Los hombres de Talú
pudieron resistir un poco,
pero estaban tan débiles que,
antes de que el sol
asomara, habían sido vencidos por completo.
Muchos, incluido Talú, quedaron
tendidos en esa misma tierra que,
de tan seca, no serviría para sus tumbas.
En medio de la confusión del ataque,
Clara pudo escapar.
Dejó atrás la aldea
en llamas, las viudas aullando su pena,
los huérfanos sin entender qué
sucedía y a pocos hombres agonizando.
Con Atuel en los brazos,
se dejó tragar por la noche
y siguiendo su instinto
se encaminó hacia las montañas.
Cuando, al oeste, la cordillera se le
presentó como un muro insalvable
creyó estar a buena distancia de aquella destrucción.
Se dejó caer de rodillas y rogó a las deidades
que enviasen agua para salvar a los de la tribu.
En medio de su pedido, sufría por la
pérdida de su amado cacique.
Así, de rodillas sobre la tierra seca
y pedregosa de un alto cerro, esperó
la respuesta.
Pero las deidades no parecían querer ayudarla.
Desesperada,
hizo una ofrenda: su vida y la de Atuel.
Pensó que Talú se sentiría
orgulloso de ella y que, como esposa del cacique,
aquél era su deber.
Pasaron los días y ella seguía arrodillada,
sin soltar a su hijo.
El sol, la sed, el frío de la noche,
pronto comenzaron a dominarlos.
Y al momento de morir, madre e hijo dijeron adiós
a este mundo que tan mal los trataba
dejando caer una lágrima.
Una cada uno.
Aquellas dos gotitas tocaron el suelo
y abrieron huequitos.
De ellos brotóuna tímida surgente.
A medida que ganaba la pendiente,
fue un tenue cauce
que pronto se convirtió en un río
que iba pidiendo permiso.
Partiendo de entre dos cerros,
se abrió paso y cuando llegó a la par de la aldea
era caudaloso, claro, sonoro.
Las mujeres dieron de beber a sus hijos.
Los ancianos agradecieron a los
dioses. Los heridos pudieron curarse.
Pronto la vida y alegría retornó a la
aldea. Y fue recién entonces que todos notaron
la ausencia de Clara y el pequeño Atuel.
Y comprendieron que aquel milagro era resultado del
sacrificio de ambos.
Transcurrió exactamente un año.
La noche en que aquel tiempo se cumplió, el
río comenzó a sonar a llanto de niño.
Por eso, el nuevo cacique reunió a
toda la tribu para comunicarles
que los dioses le habían informado en sueños
que aquel cause salvador debía llevar el nombre de Atuel:
sus aguas lloraban como el hijo de Talú y Clara.
Desde entonces, lo que hasta hoy se llama río Atuel
se caracteriza por su claridad,
como reflejo de la pureza y fidelidad
a esa mujer hacia su esposo.
Pero también hasta hoy el río suena a niño llorando.
Si se presta atención,
dicen algunos, podrá verse
al espíritu de Atuel desnudito, yaciendo sobre
una cuna, que en realidad es el hueco
de una piedra en una de las orillas.
De sus ojos brotan lagrimitas.
Son de tristeza, por el destino que tuvieron
muchos de los de su origen.
Pero también, de alegría,
por haber dado origen
a la fuente que convirtió aquella región
en lo que actualmente es:
un oasis.
Texto: Fabián Sevilla