domingo, 7 de febrero de 2010

Rosario Valcárcel


18/01/2010


Nuevo libro de Rosario Valcárcel
En Ediciones Idea ha sido publicado el libro Las máscaras de Afrodita, poemario de Rosario Valcárcel con un prólogo de Sabas Martín. Se trata del cuarto libro de nuestra compañera en la ACAE, tras La Peña de la Vieja y otros relatos, Del amor y las pasiones y El séptimo cielo, libros de relatos editados por Anroart. Transcribimos el excelente prólogo de Sabas Martín, titulado A propósito de afrodita:
En uno de sus poemas Rubén Darío afirma:

Pues la rosa sexual
al entreabrirse
conmueve todo lo que existe
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.


Esta formulación poética no es sino la constatación –una entre otras muchas posibles- del poderoso influjo que ejerce el erotismo sobre el ser humano. Dejando al margen las disquisiciones entre erotismo, pornografía y obscenidad, que bien podrían resumirse en una cuestión de mero buen gusto y de estética (recuerdo aquella comparación bienhumorada que afirmaba que erotismo es aprovechar una pluma de gallina para obtener placer, y pornografía es aprovecharse de la gallina), lo cierto es que desde El Cantar de los Cantares, del Rey Salomón, pasando por la obra de Henry Miller, y hasta los penúltimos y aún recientes escándalos literarios suscitados por la francesa Catherine Millet y la adolescente siciliana Melissa P. con sus novelas autobiográficas La vida sexual de Catherine M. y Cien cepilladas antes de dormir, la literatura de todos los tiempos ha reflejado de múltiples maneras esa poderosa pulsión, componente inevitable de la propia condición humana. Otra cosa es el establecimiento de los valores estrictamente literarios de cómo se plasma en la escritura ese erotismo. Porque, en literatura, el erotismo no debe ser la mera descripción de una más o menos excitante “gimnasia sexual”. Debe haber, además, concepto y lenguaje.

Un repaso a la historia del género erótico nos indicaría que es un dominio esencialmente masculino, al menos en lo que se refiere a la cantidad. Hasta hace bien poco, la mítica Historia de O, publicada bajo el pseudónimo de “Pauline Reage” hace unos 50 años, se creía que era debida a un hombre. Con el tiempo se reveló que había sido Dominique Aury –una mujer- su autora, y se rompieron algunos tópicos. Sea como fuere, lo cierto es que las mujeres, a medida que han ido conquistando parcelas de independencia y libertad, han venido sumando sus nombres a la relación de autores que cultivan el erotismo. Piénsese, por ejemplo, en Anaïs Nin, o, más próximas entre nosotros, en Almudena Grandes, Mercedes Abad o Ana Rosetti.

Asunto distinto sería el clarificar si existen semejanzas o desigualdades en el tratamiento del tema por parte de hombres y mujeres. O dicho de otra forma: si existe una cierta “sensibilidad femenina” erótica que singulariza su aproximación al género. Pero ese es otro debate.

Valga lo hasta aquí dicho a manera de preámbulo para comentar la aparición de Las máscaras de Afrodita, de Rosario Valcárcel, que el lector tiene ahora entre sus manos y ante sus ojos. En alguna otra ocasión he afirmado que en Rosario Valcárcel el componente erótico aparece como esencial y definitorio de sus últimas entregas narrativas –recuérdense sus volúmenes de relatos Del amor y las pasiones y El séptimo cielo-, algo que, aunque se cuenten excepciones, es inhabitual en nuestras letras isleñas, tanto de firma masculina como femenina. Con Las máscaras de Afrodita nuestra escritora se estrena en el terreno de la poesía en donde –como se podrá comprobar, ahora evidentemente en un diferente registro y con ciertas variaciones- ahonda en la línea erótica de su escritura y nos entrega un conjunto de poemas en los que, además de los componentes de género, hay, como apuntaba más arriba, concepto y lenguaje.

Las máscaras de Afrodita es un poemario que mantiene un clima intenso y sugerente, sostenido sobre el erotismo, cierto, pero que también se nutre de manifestaciones esenciales del amor y del deseo como fuerzas vitales en donde se muestra la condición humana y la sutilidad de una mirada femenina identitaria. Esto en una primera aproximación. Pero hay más. Hay también en el libro derivaciones que se orientan hacia la caducidad del tiempo, hacia la conciencia de la fugacidad de la vida que identifica a la especie, y hacia el anhelo de permanecer -en esa forma de la memoria que es suplantación o sublimación del cuerpo- en el cuerpo del otro. Ese otro que es objeto y el sujeto de la entrega erótica, el amante o amado, en este caso.

En la escritura de los poemas confluyen los elementos de la cotidianeidad a partir de los cuales la esfera de la propia intimidad de la autora nos conduce hacia otros derroteros de un nivel más elevado. En este sentido, puede considerarse un logro notable la presencia del paisaje insular que recorre todo el poemario. Una presencia cierta, constatable, pero que va más allá de la mera descripción paisajística para fundirse con la mirada interior y con la misma carnalidad física de la poeta en una suerte de confusión corpórea y sensorial, indisociablemente unidos ambos factores a las evocaciones que genera la palabra. Una palabra, un lenguaje, que bucea en zonas de nuestra habla insular para cargarse de inéditos significados plenos de sensualidad.

Hay además la incorporación de referencias cosmopolitas, junto a alusiones de tono legendario o mitológico, que contribuyen a reforzar la capacidad sugeridora y la carga de intensidad de los poemas. Lo mismo que otras alusiones literarias o artísticas que redundan en una sutil y mantenida elegancia. Con todo ello, en medio de una dicción lírica mitologizante y telúrica, Rosario Valcárcel se aleja de la representación burda de la mecánica sexual, que sería territorio más propicio para lo pornográfico. Y sin olvidar, apuntemos igualmente, una cierta ironía que se desliza por momentos en algunos de los poemas para darle frescura y distanciamiento al texto.

La acumulación de imágenes, en una suerte de continuada superposición rítmica y yuxtaposición acumulativa de los versos, provoca, en suma, ese vértigo tan parecido al ansia, al fervor de los cuerpos entregándose a la consumación del amor y el deseo. Y ese es otro acierto más entre los aciertos que signan el libro.

Como puede deducirse por lo hasta aquí expuesto, en Las máscaras de Afrodita, repito, se cumple ese doble precepto del concepto y el lenguaje como regidores de la escritura. Desde esa perspectiva, como ocurre con sus relatos, la autora sabe hilvanar con habilidad una variada gama de motivos regidos por el impulso sexual donde conviven con eficacia realidad, recuerdo y anhelo, ocurriendo, cumpliéndose a sí y en sí mismos, en el cuerpo verbal de un lenguaje elaborado lleno de múltiples y enriquecedoras resonancias, que no son sólo insulares. Pero si en su narrativa última el erotismo actúa casi siempre como un instrumento para indagar en la complejidad de las relaciones humanas y en los cambios habidos en las actitudes y usos sociales, aquí, en sus poemas, Rosario Valcárcel traza un complejo entramado en donde se reflejan los anhelos e incertidumbres, las contradicciones más secretas que, desde su propia intimidad, se revelan ante el lector para suscitar el goce se los sentidos. Y ello sin que ejerza ninguna clase de crítica ni consideración morales. Si en sus relatos y por encima del juego erótico, Rosario Valcárcel propone el análisis, individual y colectivo, de los roles y atributos tradicionalmente desempeñados por los individuos, como tales y como género, en su poesía es ella misma, la poeta que escribe, quien se desvela y se muestra despojada de máscaras y coartadas sociales. Aquí prevalece el estremecimiento del cuerpo sumido en sus propias ensoñaciones que son desnudez de las emociones y revelación que no sabe de las limitaciones del pudor.

En la actualidad suele considerarse a Afrodita como la diosa del amor, pero en su origen en la mitología griega, lo era de la lujuria, la belleza, la prostitución y la reproducción. Diosa del amor, sí, pero no en una concepción cristiana o romántica, sino específicamente vinculada a Eros, a la atracción física y sexual. Homero, en la Ilíada, hizo que Afrodita salvase a Paris cuando Menelao iba a asesinarlo. Quizás, en el fondo de estos rostros, de estas máscaras con que Afrodita vive aquí, en este poemario, cumpliéndose libre y sin ataduras en sus deseos e impulsos eróticos, lata además la incitación a una forma de salvación: la de prevalecer en la palabra sobre el tiempo, burlándolo, escamoteándose de su acecho con momentos intensamente vividos, para sobrevivir, así, al asesinato que calladamente perpetran los dioses oscuros de la rutina y la represión, ya sean asumidos como propios o impuestos desde las usos y pautas de comportamiento convencionales.

Y una última consideración. Antes, escribir sobre sexo era una manifestación de rebeldía. Ahora ya no es necesario porque vivimos en una sociedad sexualmente libre. El erotismo es en nuestros días una expresión más de lo literario. La desaparición de colecciones específicas del género, como, en nuestro país, el caso de la mítica La Sonrisa Vertical, por ejemplo, lo confirma. Escribir sobre sexo ahora es, nada más y nada menos, que la voluntad de convertir el erotismo en literatura. Rosario Valcárcel lo sabe. Como dijo Carlos Fuentes, la escritura de lo erótico es dar forma a un cuerpo de palabras clamando por el acercamiento a otro cuerpo de palabras.

http://www.asociacioncanariadeescritores.org/ace/evento3