lunes, 27 de agosto de 2012

égloga "pieza escogida"


El término égloga viene del griego eklogué, "pieza escogida", en el sentido de composición notable. Ek-logué significó, entre griegos y romanos, "conjunto" o "reunión", y hacía referencia a unas pequeñas composiciones poéticas, ya fueran odas, epigramas, poemas satíricos, bucólicos, etc. En la tradición literaria ha pasado a designar un género lírico de carácter bucólico y extensión variable, que trata el tema amoroso a través de un aparente diálogo entre pastores en un marco convencional de Naturaleza idealizada.

Los Idilios del poeta helenístico Teócrito (nacido entre 320-310 y muerto hacia 260 a.C.) y las Églogas de Virgilio (71 ó 70-19 a.C.) sirvieron de modelo a los poetas renacentistas, y hasta el siglo XVIII se desarrollaron tres tipos de églogas, narrativas, dramáticas y mixtas, según la intervención, sucesiva o dialogada, de dos o más pastores. El lector puede comprobar cómo los nombres de estos personajes van apareciendo en distintos poemas, lenguas y siglos, desde Teócrito hasta los neoclásicos; de ellos se han servido los poetas para representar a personas auténticas de su tiempo, como parece estar documentado en muchas ocasiones, ya desde las Bucólicas de Virgilio.

La Naturaleza renacentista sigue, en un primer momento, los cánones de la tradición bucólica. Se inicia con la novela pastoril La Arcadia, del italiano Iacopo Sannazaro (1456-1530), escrita en prosa y verso. De acuerdo con el concepto neoplatónico que identifica verdad y belleza, se trata de una Naturaleza idílica y armoniosa, reflejo de la perfección divina.

Este estereotipo se repetirá constantemente a lo largo del siglo XVI, respondiendo al tópico literario del locus amoenus o "lugar ameno, agradable, deleitoso", convencional e idealizado, en perfecta armonía con los estados de ánimo que provoca el sentimiento amoroso del que están imbuídos los personajes. En este sentido es significativo el cambio de paisaje según la intensidad del sentimiento, tal y como se observa a lo largo de la Égloga I de Garcilaso.

Estas composiciones tuvieron un amplio y fecundo cultivo en España, desde las primeras églogas conocidas, en obras dramáticas de Juan del Encina y Lucas Fernández, hasta la magnífica adaptación urbana que hace Luis García Montero en su "Égloga de los dos rascacielos", de 1984.