jueves, 11 de octubre de 2012

Insurrección contra el Olvido


Insurrección contra el Olvido
Héctor Avellán | Opinión

La primera vez que se edita el emblemático libro de poemas La insurrección solitaria del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas (Guatemala 1924-Nicaragua 1998) es en México, en Editorial Guarania, en el año de 1953. Luego es reeditado en 1973 y después en 1982.

El libro está compuesto por tres secciones, cada una inaugurada con un epígrafe diferente. La primera sección nombra a todo el conjunto, La Insurrección Solitaria, y su epígrafe es “Fuego soy apartado y espada puesta lejos”, (Quijote, 1 parte, cap. XIV). La segunda sección, “Noviembre fue los tres Ángeles” lleva como epígrafes dos versos de Rubén Darío, “Cálamo, deja correr, aquí tu negra fuente…” (En una primera página, de El canto errante) y “Hacia la fuente de noche y olvido…” (A Francisca, Poesía). La tercera sección, “El monstruo y su dibujante” lleva el epígrafe “y no quiero ir porque dicen después que no hago sino mirar y notar lo que pasa, para escribir después, y que saco dechados” (Mamotreto XVII, Retrato de la lozana andaluza, Francisco Delicado).

Un año después, en 1954, el poeta mexicano, Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, escribe: “La poesía de Carlos Martínez Rivas es un canto de espera, un canto de presente entre los tiempos de antes y los venideros...” “Esos tiempos de antes son los de la palabra en común que han de volver. Martínez Rivas escribe para ellos desde su hoyo presente, desde su agujero de escorpión, desde su nido de águila” (Octavio Paz, Las Peras, 182).

Más tarde, en el año de 1961, Mario Hernández-Barba, escribe: “el título de la obra (La Insurrección solitaria) implica en sí mismo una postura política de fondo social en cuanto plantea una posición de rebeldía contra un cierto estado de cosas” (Las Tensiones, 165); y agrega que, lo que “se pide es el orden necesario para que pueda existir y manifestarse la libertad; pero entendida en extensión y profundidad nacional” (Las Tensiones, 167). También afirma que, el verso “Ofrece a tu libertad un orden”, “debe considerarse como el centro expresivo de todo el poemario” (166).

Según el estudioso y poeta nicaragüense Erick Blandón, en el ensayo El revés del esplendor, publicado en Revista Estrago, número 5 y 6, de enero-junio de 2010: “la presencia de Baudelaire como modelo de vida, gravita en la obra de Carlos Martínez Rivas. Del gran poeta francés aprendió a ver la ciudad como el lugar de la poesía moderna, que era ver el universo de una manera nueva y dolorosa; y porque elige el abismo y la derrota para dar sentido y coherencia a su vida”.

Carlos Martínez Rivas nace el 12 de octubre de 1924 en Puerto de Ocoz, Guatemala, mientras sus padres, de familia adinerada, se encuentran de viaje. Desde joven se interesa por la literatura, a los dieciséis años gana un concurso nacional con una poesía que a algunos les recuerda a Rubén Darío. A los dieciocho años, mientras estudia bachillerato en el Colegio Centro-América, de sacerdotes jesuitas, en Granada, Nicaragua, escribe el largo poema El paraíso recobrado, el cual es editado por los «Cuadernos del Taller San Lucas» en 1944.

Luego de su bachillerato reside por algún tiempo en Madrid, España, donde continúa sus estudios de Filosofía, Letras e Historia del Arte, en 1946. Trabaja para el servicio diplomático de Nicaragua, y vive en París, Los Ángeles, y nuevamente en Madrid, hasta inicios de los años setenta; luego en San José, Costa Rica y después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, en 1979, vuelve a residir en Managua. En 1985 gana el Premio Latinoamericano de Poesía «Rubén Darío». A inicios de los años 90, se hace cargo de una «cátedra» con su obra y su nombre en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, recinto de Managua. En 1997, una parte de su poesía se edita bajo la Colección Visor de poesía, en Madrid, con un prólogo del poeta español Luis Antonio de Villena.

Carlos Ernesto Martínez Rivas pertenece a la generación de los poetas que surgen en Nicaragua en los años cuarenta, la de los Tres Ernestos, como se suele decir, al ubicársele generacionalmente, junto a sus tocayos Ernesto Cardenal y Ernesto Mejía Sánchez; pero de Martínez Rivas se dice que es el más favorecido por la gracia poética; y se ha hecho costumbre ya ubicarle como segundo después de Rubén Darío para dar idea de su grandeza.

Pero, algo más que la grandeza une a ambos poetas, en el diario inédito de París y Nueva York, entre 1948 y 1951, Carlos escribe: “Jueves, 1 de marzo, 1951. Francia: Me he levantado a las 12 y media. Estoy temblando, debo tomar una copa de vino”.

Los estudiosos de la poética y la vida de Carlos Martínez Rivas, se confabulan para hacerle ver como un perdedor, como alguien que elige la derrota como postura artística y frente a la vida; como si la derrota fuera algo de elegir, cuando la derrota tiene que ver con el destino, desde la cosmovisión occidental. Se ha dado por sentado ese análisis hecho desde una mentalidad con esquema occidental y de universidad gringa; en este esquema la vida se divide entre los triunfadores y los perdedores; esta es la causa del fenómeno que sucede en la sociedad norteamericana, principalmente entre los jóvenes, y su pánico por los LOOSERS, o perdedores, entre estos los inmigrantes, los homosexuales, los desadaptados sociales, los bebedores consuetudinarios, los que no se ajustan a ese modelo de éxito, los gorditos y las gorditas, o los muy delgados en el caso de los varones, con apariencia de debiluchos; provocando la marginación y hasta la muerte de todos aquellos que no encajan en el esquema o modelos de vida burgués que promueve el sistema capitalista; con los consecuentes suicidios de muchos jóvenes outsider asediados por sus compañeros, como los sucesos tristemente célebres de las masacres de Columbine y de Virgina Tech.

La insurrección solitaria es la frase que define la poética de Carlos Martínez Rivas y por eso él la alza como título de conjunto; y la cual contiene una gran carga política, de ética política, en el sentido de que, lo político es lo que sucede en la ciudad, lo que acontece en la polis, y que, la libertad es primero individual y personal antes que colectiva.

Su forma de vida dedicada a los placeres sensuales, al igual que Rubén Darío, refleja su postura de concebir el arte como experiencia de vida; por eso no es extraño que ambos poetas hayan sido alcohólicos y hayan muerto prácticamente por su afición al alcohol y al placer de los sentidos. Una clave de esto es posible encontrarla en su poema Estatutos de la Pobreza, en el que para él escribir sobre el hambre es poesía de experiencia, no de protesta.

(Yo decidí no conocer a Martínez Rivas, aunque siendo yo muy joven y ya frecuentando ciertos espacios supuestamente marginales de la cultura nicaragüense, donde el poeta deambulaba, coincidimos y no faltaba alguien que me dijera que en el mismo salón se encontraba el poeta; alguna vez recuerdo haberlo visto en silla de ruedas, alzando sus manos como buen nicaragüense, quizá muy ebrio explicando sus poemas como solía hacer, que aunque son textos de lenguaje diáfano y claro, son de referencias muy cultas y que él se sentía en la obligación de explicar, en un afán didáctico con el pueblo que le escuchaba; y una que otra vez, estuve rondando su casa en Altamira donde él vivía; y cierto día le miré salir con una bata gris a cerrar la puerta; pero decidí no conocerlo, no molestarlo con mis tonterías y adulaciones de poeta joven. Decidí no destruir esa imagen mítica y conservarlo en el recuerdo como un ser ejemplar y misterioso, decidí quedarme con la poesía y no con el hombre atormentado por sueños y remordimientos; así como he decidido con el otro gran poeta nicaragüense que aún está vivo).


Meses antes de morir, el poeta Carlos Martínez Rivas, nombra al Gobierno de la República de Nicaragua, albacea de sus escritos; pide ser enterrado en Granada, Nicaragua, y ante la pregunta de cómo le gustaría ser recordado, el poeta solicita que, por favor, sea olvidado. Fallece en Managua, la madrugada del martes 16 de junio de 1998. Algunos nos resistimos a su olvido.


Managua, junio de 2010