domingo, 22 de junio de 2014

Galileo, condena y abjuración




Galileo, condena y abjuración

El 22 de junio de 1633, en Roma, el astrónomo, físico y matemático Galileo Galilei se arrodilla ante el Tribunal de la Inquisición y abjura de sus teorías astronómicas. No es extraño pues hace 33 años que el filósofo Giordano Bruno, en un caso parecido, fue condenado y murió en la hoguera por no abjurar. La leyenda mantiene que, después de abjurar, dijo para sí mismo: "E pur si muove... (Sin embargo se mueve...)" en clara referencia a la Tierra. (Hace 381 años).






El 31 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II pidió perdón por la condena injusta de Galileo Galilei, 359 años, 4 meses y 9 días después de la sentencia de la Inquisición. A Galileo, que, ante el tribunal presidido por el cardenal Roberto Belarmino, bajó la cabeza para salvarla, aunque sin dejar de repetir su célebre eppur, si muove (y sin embargo, se mueve), se le concede así una satisfacción póstuma incapaz de remediar la amargura y la soledad de los últimos años de su vida, transcurridos en cárceles y encierros domiciliarios, como correspondía a un “penitente de la Inquisición”. El filósofo de Pisa nunca pensó que las cosas hubieran llegado a ese punto, ya que la racionalidad de sus argumentos le daban una seguridad a la que también contribuían en medida cierta las buenas relaciones que lo unían al Papa de su época, Maffeo Barberini, coronado como Urbano VIII. El 1632, Galileo publicó en Florencia su Diálogo sobre los dos Máximos Sistemas, tolomeico y coperniquiano, en el que defendía la concepción heliocéntrica del universo formulada por Copérnico, frente a la afirmación de que el Sol giraba en torno a la Tierra, que estructuraba el sistema de Tolomeo. El libro suscitó pronto el interés de los ambientes intelectuales europeos y la desconfianza de la Iglesia, que hasta entonces había encontrado en Tolomeo una confirmación científica del antropocentrismo inmanente a su fe en la creación. “La naturaleza y la Biblia derivan ambas de Dios, y es absurdo querer contradecir la naturaleza, que es la expresión directa de la voluntad divina, sobre la base de la interpretación humana de las Sagradas Escrituras. Por el contrario, se debe aprender a leer e interpretar las escrituras a través de la naturaleza”, sostuvo Galileo ante el tribunal que le procesó en 1633, después de que fracasara en sus intentos de entrevistarse con Urbano VIII. De poco le sirvió. Cansado, viejo y enfermo, abjuró de sus ideas el 30 de abril, pero a pesar de ello fue condenado a prisión el 22 de junio del mismo año indicado.