miércoles, 23 de septiembre de 2015

XX Sonetos de Garcilaso de la Vega



Garcilaso de la Vega





(Toledo, 1501 - Niza, 1536) Poeta renacentista español. Perteneciente a una noble familia castellana, Garcilaso de la Vega participó ya desde muy joven en las intrigas políticas de Castilla. En 1510 ingresó en la corte del emperador Carlos I y tomó parte en numerosas batallas militares y políticas. Participó en la expedición a Rodas (1522) junto con Boscán y en 1523 fue nombrado caballero de Santiago.



En 1530 Garcilaso se desplazó con Carlos I a Bolonia, donde éste fue coronado. Permaneció allí un año, hasta que, debido a una cuestión personal mantenida en secreto, fue desterrado a la isla de Schut, en el Danubio, y después a Nápoles, donde residió a partir de entonces. Herido de muerte en combate, durante el asalto de la fortaleza de Muy, en Provenza, Garcilaso fue trasladado a Niza, donde murió.


Su escasa obra conservada, escrita entre 1526 y 1535, fue publicada póstumamente junto con la de Boscán, en Barcelona, bajo el título de Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega (1543), libro que inauguró el Renacimiento literario en las letras hispánicas. Sin embargo, es probable que antes hubiera escrito poesía de corte tradicional, y que fuese ya un poeta conocido


SONETO I 

Cuando me paro a contemplar mi estado 
y a ver los pasos por dó me ha traído, 
hallo, según por do anduve perdido, 
que a mayor mal pudiera haber llegado; 

mas cuando del camino estoy olvidado, 
a tanto mal no sé por dó he venido: 
sé que me acabo, y mas he yo sentido 
ver acabar conmigo mi cuidado. 

Yo acabaré, que me entregué sin arte 
a quien sabrá perderme y acabarme, 
si quisiere, y aun sabrá querello: 

que pues mi voluntad puede matarme, 
la suya, que no es tanto de mi parte, 
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

II

En fin, a vuestras manos he venido, 
do sé que he de morir tan apretado, 
que aun aliviar con quejas mi cuidado, 
como remedio, me es ya defendido; 

mi vida no sé en qué se ha sostenido, 
si no es en haber sido yo guardado 
para que sólo en mí fuese probado 
cuanto corta una espada en un rendido. 

Mis lágrimas han sido derramadas 
donde la sequedad y la aspereza 
dieron mal fruto dellas y mi suerte: 

¡basten las que por vos tengo lloradas; 
no os venguéis más de mí con mi flaqueza; 
allá os vengad, señora, con mi muerte!

III

La mar en medio y tierras he dejado 
de cuanto bien, cuitado, yo tenía; 
y yéndome alejando cada día, 
gentes, costumbres, lenguas he pasado. 

Ya de volver estoy desconfiado; 
pienso remedios en mi fantasía; 
y el que más cierto espero es aquel día 
que acabará la vida y el cuidado. 

De cualquier mal pudiera socorrerme 
con veros yo, señora, o esperallo, 
si esperallo pudiera sin perdello; 

mas no de veros ya para valerme, 
si no es morir, ningún remedio hallo, 
y si éste lo es, tampoco podré habello.

IV

Un rato se levanta mi esperanza: 
mas, cansada de haberse levantado, 
torna a caer, que deja, mal mi grado, 
libre el lugar a la desconfianza. 

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza 
del bien al mal? ¡Oh corazón cansado! 
Esfuerza en la miseria de tu estado; 
que tras fortuna suele haber bonanza. 

Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos 
romper un monte, que otro no rompiera, 
de mil inconvenientes muy espeso. 

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos, 
quitarme de ir a veros, como quiera, 
desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

V

Escrito está en mi alma vuestro gesto, 
y cuanto yo escribir de vos deseo; 
vos sola lo escribisteis, yo lo leo 
tan solo, que aun de vos me guardo en esto. 

En esto estoy y estaré siempre puesto; 
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo, 
de tanto bien lo que no entiendo creo, 
tomando ya la fe por presupuesto. 

Yo no nací sino para quereros; 
mi alma os ha cortado a su medida; 
por hábito del alma mismo os quiero. 

Cuando tengo confieso yo deberos; 
por vos nací, por vos tengo la vida, 
por vos he de morir, y por vos muero.

VI

Por ásperos caminos he llegado 
a parte que de miedo no me muevo; 
y si a mudarme a dar un paso pruebo, 
y allí por los cabellos soy tornado. 

Mas tal estoy, que con la muerte al lado 
busco de mi vivir consejo nuevo; 
y conozco el mejor y el peor apruebo, 
o por costumbre mala o por mi hado. 

Por otra parte, el breve tiempo mío, 
y el errado proceso de mis años, 
en su primer principio y en su medio, 

mi inclinación, con quien ya no porfío, 
la cierta muerte, fin de tantos daños, 
me hacen descuidar de mi remedio.

VII

No pierda más quien ha tanto perdido, 
bástate, amor, lo que ha por mí pasado; 
válgame agora jamás haber probado 
a defenderme de lo que has querido. 

Tu templo y sus paredes he vestido 
de mis mojadas ropas y adornado, 
como acontece a quien ha ya escapado 
libre de la tormenta en que se vido. 

Yo había jurado nunca más meterme, 
a poder mío y mi consentimiento, 
en otro tal peligro, como vano. 

Mas del que viene no podré valerme; 
y en esto no voy contra el juramento; 
que ni es como los otros ni en mi mano.

VIII

De aquella vista buena y excelente 
salen espirtus vivos y encendidos, 
y siendo por mis ojos recibidos, 
me pasan hasta donde el mal se siente. 

Entránse en el camino fácilmente, 
con los míos, de tal calor movidos, 
salen fuera de mí como perdidos, 
llamados de aquel bien que está presente. 

Ausente, en la memoria la imagino; 
mis espirtus, pensando que la vían, 
se mueven y se encienden sin medida; 

mas no hallando fácil el camino, 
que los suyos entrando derretían, 
revientan por salir do no hay salida.

IX

Señora mía, si yo de vos ausente 
en esta vida turo y no me muero, 
paréceme que ofendo a lo que os quiero, 
y al bien de que gozaba en ser presente; 

tras éste luego siento otro accidente, 
que es ver que si de vida desespero, 
yo pierdo cuanto bien bien de vos espero; 
y ansí ando en lo que siento diferente. 

En esta diferencia mis sentidos 
están, en vuestra ausencia y en porfía, 
no sé ya que hacerme en tal tamaño. 

Nunca entre sí los veo sino reñidos; 
de tal arte pelean noche y día, 
que sólo se conciertan en mi daño.

X

¡Oh dulces prendas, por mí mal halladas, 
dulces y alegres cuando Dios quería, 
Juntas estáis en la memoria mía, 
y con ella en mi muerte conjuradas! 

¿Quién me dijera, cuando las pasadas 
horas que en tanto bien por vos me vía, 
que me habiáis de ser en algún día 
con tan grave dolor representadas? 

Pues en una hora junto me llevastes 
todo el bien que por términos me distes, 
lleváme junto el mal que me dejastes; 

si no, sospecharé que me pusistes 
en tantos bienes, porque deseastes 
verme morir entre memorias tristes.

XI

Hermosas ninfas, que, en el río metidas, 
contentas habitáis en las moradas 
de relucientes piedras fabricadas 
y en columnas de vidrio sostenidas; 
agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:
dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,
que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.
XII

Si para refrenar este deseo 
loco, imposible, vano, temeroso, 
y guarecer de un mal tan peligroso, 
que es darme a entender yo lo que no creo. 

No me aprovecha verme cual me veo, 
o muy aventurado o muy medroso, 
en tanta confusión que nunca oso 
fiar el mal de mí que lo poseo, 

¿qué me ha de aprovechar ver la pintura 
de aquél que con las alas derretidas 
cayendo, fama y nombre al mar ha dado, 

y la del que su fuego y su locura 
llora entre aquellas plantas conocidas 
apenas en el agua resfrïado?


XIII

A Dafne ya los brazos le crecían, 
y en luengos ramos vueltos se mostraba; 
en verdes hojas vi que se tornaban 
los cabellos que el oro escurecían. 

De áspera corteza se cubrían 
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban: 
los blancos pies en tierra se hincaban, 
y en torcidas raíces se volvían. 

Aquel que fue la causa de tal daño, 
a fuerza de llorar, crecer hacía 
este árbol que con lágrimas regaba. 

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño! 
¡Que con llorarla crezca cada día 
la causa y la razón porque lloraba!

XIV

Como la tierna madre, que el doliente 
hijo le está con lágrimas pidiendo 
alguna cosa, de la cual comiendo, 
sabe que ha de doblarse el mal que siente. 

Y aquel piadoso amor no le consiente 
que considere el daño que, haciendo 
lo que le pide hace, va corriendo 
y aplaca el llanto y dobla el accidente, 

así a mi enfermo y loco pensamiento, 
que en su daño os me pide, yo querría 
quitarle este mortal mantenimiento. 

Mas pídemele y llora cada día 
tanto que cuanto quiere le consiento, 
olvidando su muerte, y aun la mía.

XV

Si quejas y lamentos pueden tanto, 
que enfrenaron el curso de los ríos, 
y en los diversos montes y sombríos 
los árboles movieron con su canto; 

si convertieron a escuchar su llanto 
los fieros tigres, y peñascos fríos; 
si, en fin, con menos casos que los míos 
bajaron a los reinos del espanto, 

¿por qué no ablandará mi trabajosa 
vida, en miseria y lágrimas pasada, 
un corazón conmigo endurecido? 

Con más piedad debría ser escuchada 
la voz del que se llora por perdido 
que la del que perdió y llora otra cosa.

XVI

No las francesas armas odïosas, 
en contra puestas del airado pecho, 
ni en los guardados muros con pertecho 
los tiros y saetas ponzoñosas; 

no las escaramuzas peligrosas, 
ni aquel fiero rüido contrahecho 
de aquel que para Júpiter fue hecho, 
por manos de Vulcano artificiosas, 

pudieron, aunque más yo me ofrecía 
a los peligros de la dura guerra, 
quitar una hora sola de mi hado. 

Mas infición del aire en sólo un día 
me quitó el mundo, y me ha en ti sepultado, 
Parténope, tan lejos de mi tierra.


XVII

Pensando que el camino iba derecho, 
vine a parar en tanta desventura, 
que imaginar no puedo, aún con locura, 
algo de que esté un rato satisfecho. 

El ancho campo me parece estrecho, 
la noche clara para mí es escura; 
la dulce compañía, amarga y dura, 
y duro campo de batalla el lecho. 

Del sueño, si hay alguno, aquella parte 
sola, que es imagen de la muerte, 
se aviene con el alma fatigada. 

En fin que como quiera estoy de arte, 
que juzgo ya por hora menos fuerte, 
aunque en ella me vi, la que es pasada.


XVIII

Si a vuestra voluntad yo soy de cera, 
y por sol tengo sólo vuestra vista, 
la cual a quien no inflama o no conquista 
con su mirar, es de sentido fuera; 

¿de do viene una cosa, que, si fuera 
menos veces de mí probada y vista, 
según parece que a razón resista, 
a mi sentido mismo no creyera? 

Y es que yo soy de lejos inflamado 
de vuestra ardiente vista y encendido 
tanto, que en vida me sostengo apenas; 

mas si de cerca soy acometido 
de vuestros ojos, luego siento helado 
cuajárseme la sangre por las venas.

XIX

Julio, después que me partí llorando 
de quien jamás mi pensamiento parte, 
y dejé de mi alma aquella parte 
que al cuerpo vida y fuerza estaba dando, 

de mi bien a mí mismo voy tomando 
estrecha cuenta, y siento de tal arte 
faltarme todo el bien, que temo en parte 
que ha de faltarme el aire sospirando; 

y con este temor mi lengua prueba 
a razonar con vos, oh dulce amigo, 
del amarga memoria de aquel día 

en que yo comencé como testigo 
a poder dar, del alma vuestra, nueva 
y a saberla de vos del alma mía.

XX

Con tal fuerza y vigor son concertados 
para mi perdición los duros vientos, 
que cortaron mis tiernos pensamientos 
luego que sobre mí fueron mostrados. 

El mal es que me quedan los cuidados 
en salvo destos acontecimientos, 
que son duros, y tienen fundamientos 
en todos mis sentidos bien echados. 

Aunque por otra parte no me duelo, 
ya que el bien me dejó con su partida, 
del grave mal que en mí está de contino; 

antes con él me abrazo y me consuelo; 
porque en proceso de tan dura vida 
ataje la largueza del camino.